LA HUELLA CUBANA DE CAJAL, MÉDICO Y MILITAR


Entre las notas que califican los conceptos en la hoja de servicios de un militar, tales como el valor, la conducta o la aplicación, estimados en forma más o menos convencional con un "se le supone", "acreditada" o "bastante", había una en aquel expediente que de modo especial llamó nuestra atención; así decía: "Inteligencia en el servicio: Poca". El interés del apunte sería escaso referido a un soldado anónimo, pero en esta ocasión sí nos sorprendía, ya que en aquellos pliegos estaba reflejada la vida militar del capitán médico Santiago Ramón y Cajal (1852-1934).

Acababa de licenciarse en medicina en 1873 y al establecer el gobierno de Castelar el servicio militar obligatorio, Santiago no duda en cumplir con este deber, pero prefiere hacerlo como oficial; se prepara un tanto aprisa, oposita y logra una plaza en el Cuerpo de Sanidad Militar. A nuestra joven República no le faltan guerras, la carlista y la colonial, y el primer destino del joven médico será en el Regimiento de Infantería de Burgos, tomando parte en diferentes operaciones en la provincia de Lérida. El sentido del deber, al que nunca volvió la espalda, su patriotismo y su juventud, sus ansias de aventuras y de nuevos horizontes, lo embarcaron en Cádiz a bordo del vapor "España" con destino a la isla de Cuba, un día de mayo de 1874. Va alegre y confiado; en la bocamanga de su uniforme luce una nueva estrella, puesto que un destino en la guerra colonial supone el ascenso automático al grado superior. Todo eran esperanzas e ilusiones, a pesar de la oposición de D. Justo, su padre, también médico, que no auguraba nada bueno para el porvenir de su hijo en la ciencia médica como siguiera por aquellos derroteros llenos de inseguridad y riesgo.

Aquella nueva estrella no sería precisamente su "buena estrella" y hasta pudo costarle cara al joven Santiago, que, navarro y nacido en Petilla de Aragón, esto es, ibérico y tenaz por los cuatro costados, al final tuvo que dar la razón a su padre, cuando macilento, enfermo y con muy pocas fuerzas, desembarca en Santander procedente de La Habana un 16 de junio de 1875. Desde hacía unos meses la República era sólo un recuerdo. Con la licencia absoluta, conseguida al fin, dan término aquellas andanzas bélicas del que, con el paso de los años y metido en otra clase de hazañas, llegará a ser nuestra mayor gloria en el mundo de la ciencia.

Poco se ha escrito de esta etapa militar y cubana de Cajal. La mayor parte de sus biógrafos la resumen en unas pocas líneas, y nos remiten a los dos capítulos autobiográficos de los Recuerdos de mi infancia y juventud. Sus páginas están impregnadas de patriotismo vital y de voluntad de servicio. El paludismo, la disentería y la anemia consiguiente hicieron pronto mella en el aquel joven cuerpo. Aún enfermo, atenderá a más de 200 pacientes en la enfermería de Vista Hermosa, rodeada por la manigua, después, convaleciente, será agregado como médico de guardia al Hospital Militar de Puerto Príncipe y más tarde irá destinado a la trocha militar del Este, a la enfermería de San Isidro, en una zona más insalubre todavía que la anterior.

Su enraizado patriotismo lo llevará a encararse, sin miedo alguno, ante las injusticias y corrupciones que sorprende en algunos subordinados o superiores. Nadie ni nada lo acobardan. En cierta ocasión, impone su autoridad y su razón ante el capricho del comandante que pretende guardar de noche sus caballos en la enfermería: "Dispense Vd. - le dice - en este recinto no hay más autoridad que la mía". Las denuncias y la realidad de los hechos impidieron que el sumario instruido por su jefe siguiera adelante. Se subleva ante el sentido patriótico de aquellos que buscan sólo su beneficio personal y desvia fondos de pagos y de alimentos. Para Santiago Ramón y Cajal su amor a España es "vivir para la Patria" y no "vivir de la Patria". Pasados los años seguirá manteniendo los mismos principios: "¡Cuán desconsolador para un corazón de patriota es, después de cuarenta y nueve años, reconocer que todavía buena parte de nuestros militares, empleados, y hasta próceres políticos siguen entregados al saqueo del Estado!".

Por fortuna para España y para la ciencia, la mala salud de Cajal interrumpe su carrera de médico militar. Los accesos de fiebre se suceden cada vez con más intensidad y solicita licencias temporales que le son negadas. Al final, decide requerir la licencia absoluta, pero hasta su superior se niega a tramitar la instancia. Será un brigadier el que en visita de inspección a la trocha se compadece de su estado y logra del Capitán General la ansiada licencia por inutilidad en campaña. Ya embarcado en el "España", no dejará de atender a los muchos infelices, también repatriados, que están mucho peor que él y a los que anima y consuela. Algunos morirán en la travesía: al amanecer, el mar será su sepultura.

Desde la Península, Cajal recordará con cariño aquella tierra cubana, la mezcla de razas, la frondosidad de su arbolado, sus altísimas palmeras, la desbordante naturaleza, y sobre todo, nunca olvidará la delicada feminidad de las nativas cubanas: "Al hablar gorjean y al mirar acarician". Llega a comprender por qué "la mayoría de nuestros jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de aquellas lánguidas y fascinadoras hermosuras". Aquellas tierras en las que tanto padeció de cuerpo y alma, enfermedad y guerra, y en las que tanto amó a España con un apasionado sentido crítico y una actitud creadora. Al poco tiempo, sin más ayuda que su fe y su firme voluntad, se embarcará en la aventura de la Histología. Dará días de gloria a la ciencia nacional como jamás se han logrado; con todo, dirá Marañón, "la lección de entusiasmo y patriotismo fue más aún que su insigne creación biológica, y es la que todos debemos aprender de Cajal".

Un día, ya siendo catedrático en Madrid, contará también en sus recuerdos como estando en Miraflores de la Sierra con el Prof. Olóriz, su compañero de lecturas, de charlas y de ajedrez en periodo vacacional, reciben "como una bomba la nueva horrenda y angustiosa de la destrucción de la escuadra de Cervera y de la inminente rendición de Santiago de Cuba". La tragedia nacional le lleva al desaliento, llega incluso a abandonar los trabajos que estaba realizando en el laboratorio, intenta dar alguna luz colaborando con otros regeneracionistas tratando de advertir los yerros cometidos y de alumbrar algún camino. El error de Cajal hubiera sido quedarse refugiado en una mera retórica. Pronto se da cuenta y continúa la empresa iniciada, su gran y definitiva aventura. Ya nada podrá contenerlo; la evidencia de aquellas virtudes, testigo de su vivencia militar en Cuba: valor, entrega y voluntad ante las dificultades, no lo detendrán ante nadie y ante nada. Era todavía un desconocido y un 26 de setiembre de 1889 acude a Berlín acompañado de sus preparaciones histológicas a la reunión de la Sociedad Anatómica alemana. Poco caso le hacen las grandes figuras a las que hasta les sorprende que haya un español interesado por la ciencia. No se arredra ante su indiferencia; tampoco le había intimidado la manigua hacía ya unos años y casi a la fuerza les mete sus imágenes por los ojos. Del escepticismo y la simple curiosidad, el auditorio en pleno se transforma en alabanzas y felicitaciones. La nueva estrella de Cajal empieza a brillar: en España era posible hacer ciencia.

¿Es ésta la lección permanente del patriotismo de Cajal? La "poca" inteligencia del capitán Cajal unida a su precaria salud truncaron, por suerte, sus honores militares; pero sus virtudes humanas, nunca exclusivas de la milicia, su ingenio, se acrisolaron y más bien una vergüenza, porque es una casualidad".

Santander 8 de marzo de 2006