DRESDE 1945: DOBLAN LAS CAMPANAS


El hombre tiene que establecer un final para la guerra.
Si no, la guerra establecerá un final para la humanidad.

John Fitzgerald Kennedy.


El día 13 de febrero a las 21,45 lanzaron al aire su tañido todas las campanas de las iglesias de Dresde. No era el anuncio de una fiesta. Hace sesenta y cinco años, en esa misma fecha y hora comenzaron a sonar las alarmas que presagiaban un ataque aéreo. Era algo ya habitual para los habitantes de la bella ciudad de Sajonia; su condición de ciudad cultural, “La Florencia del Norte”, les proporcionaba cierta confianza frente al enemigo. Miles y miles de refugiados, procedentes de los territorios del este ante el avance de las tropas soviéticas, invadían todos los albergues y refugios posibles. Desde el 26 de enero habían comenzado a llegar trenes de evacuados desde los distintos frentes de una Alemania ya precipitada a la derrota total. Menos de tres meses faltaban para la capitulación.

Los más de 600.000 habitantes de la ciudad se habían incrementado con más de 200.000 refugiados, además de los soldados heridos y los prisioneros aliados. Aquella aparentemente rutinaria alarma fue el preludio. Un millón de seres humanos, civiles en su gran mayoria, iba a padecer uno de los más devastadores bombardeos de la contienda, sobre una población carente de cualquier objetivo militar o industrial.

Entre los días 13 y 15 de febrero, más de 4.000 toneladas de bombas con un alto poder explosivo e incendiario produjeron en oleadas sucesivas una verdadera tormenta de fuego. La totalidad del centro histórico de la ciudad quedó reducido a cenizas. El objetivo del plan estratégico británico del Bomber Command era el de minar la moral del pueblo alemán por medio del bombardeo sistemático de sus grandes ciudades.

Aquella noche le tocó a Dresde ser una más de las ciudades mártires de Alemania; era de las pocas, junto con Breslau – hoy la polaca Wroclaw -, que no había sido bombardeada en el centro urbano.

Tres minutos después de las diez fueron lanzadas sobre la ciudad desde los aviones de la RAF las bengalas que iluminaron los objetivos. Después los Lancaster, en número de 244, comenzaron a arrojar su carga disponiéndose en abanico. Las blockbusters de dos toneladas destruían manzanas enteras. Apenas transcurridos veinte minutos la aviación inglesa había incendiado las tres cuartas parte del Altstadt.

Esa misma noche, a la 1,20 h. inició la segunda oleada de bombardeos un nuevo contingente de bombarderos británicos Lancaster. El resultado fue la destrucción de un área de la ciudad de 15 kilómetros cuadrados sobre la que cayeron un total de 650.000 bombas incendiarias. Todo se convirtió en un gigantesco y monstruoso incendio. Objetos y personas fueron calcinados. La asfixia por las gases y la falta de oxígeno causó la muerte de miles y miles de hombre, mujeres y niños apretujados en los refugios. Los supervivientes jamás pudieron olvidar aquel infierno.

Al día siguiente al mediodía, el día 14, miércoles de Ceniza, durante veinte minutos fueron 311 bombarderos B-17 de la fuerza aérea norteamericana los que lanzaron 136.000 bombas incendiarias y 1.800 bombas explosivas. El ataque se repitíó el día 15 durante diez minutos a las once de la mañana por 211 bombarderos americanos. Ya poco quedaba por destruir.

Dresde fue una más, quizás la que más, entre Hamburgo, Stuttgart, Hannover, Munich, Hildesheim, Nüremberg y tantas otras, víctimas de la táctica bélica El número de muertos y desaparecidos superó a la cifra de los cien mil de Tokio. Fueron más de 200.000; en realidad, incontables. La calcinación de los cuerpos impidió la identificación de la mayoría. En la propia Plaza del Mercado hubo que incinerar miles de cadáveres, y en días sucesivos los entierros fueron masivos.

Todavía el 2 de marzo 1.200 bombarderos norteamericanos, repartidos en cinco oleadas descargarían su poder destructor entre las 10,26 h. y las 11,04 h. de la mañana. Una vez más se justificaron aquellos ataques por la importancia de los nudos ferroviarios de Dresde. Curiosamente no habían sido tocados en las ofensivas anteriores. No tardaron en elevarse enérgicas protestas en el mundo civilizado, incluso en la misma Cámara de los Lores. Cientos de cartas apoyaron al Obispo de Chichester ante “el problema moral que suponían los bombardeos de zonas civiles”.

¿Responsables? El 28 de marzo, en una nota dirigida al Estado Mayor, el propio Winston Churchill decía: “ Me parece que ha llegado el momento de reconsiderar el problema del bombardeo de las ciudades alemanas, fundado en la simple intención de sembrar el terror, aunque realizado con otros aparentes pretextos.[…] Yo creo, que de ahora en adelante, los objetivos militares deberán ser considerados con mayor rigor, más por nuestro propio interés que por el del enemigo”. Sobran los comentarios.

El daño cultural sobre países, pueblos y ciudades, el hundimiento moral y psicológico, los millones de heridos e inválidos, los campos de concentración, la persecución racial y las innumerables víctimas mortales constituyen el macabro testimonio de la irracionalidad de aquella guerra - ¿es qué hay alguna guerra racional? -; la humanidad jamás podrá racionalizar los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki.

Hoy, reconstruída Dresde, sus piedras y monumentos marcados para siempre por la firma del fuego, muestran al visitante la voluntad de vivir de un pueblo que fue masacrado, humillado y vencido. Toda la humanidad perdió con esta tragedia. Fueron más de 60 millones de muertos, siendo las dos terceras partes civiles. No es justo recordar, una y otra vez, solamente la cifra mítica de los seis millones de fallecidos polacos, la mayoría judíos, y olvidarnos de los veintisiete millones de rusos, once de chinos, siete de alemanes, dos de japonenes y otros miles y miles de distintas naciones.

Da la impresión de que los seres humanos aprendemos muy poco de la historia. Así lo afirmaba el filósfo Ernest Jünger, cuya larga vida – casi 103 años – le permitió sobrevir a los horrores de las dos guerras mundiales con todas sus consecuencias. Cuando todavía hoy las grandes potencias siguen conversando sobre el cómo y el cuánto de la limitación de las armas nucleares, cuando disponer del poder atómico es una de las aspiraciones de Irán, no podemos dejar de recordar aquella frase de Einstein: “No sé como será la tercera guerra mundial, pero la cuarta será a pedradas”. A causa de las minas, todos los meses mueren o quedan incapacitadas unas dos mil personas en el mundo; por razones – siempre hay sinrazones - de territorio, economía, raza, poder, o tan solo por hambre y miseria, vivimos rodeados de conflictos bélicos, que hoy les llamamos, con las armas en la mano, “misiones de paz”. ¡Qué lejos estamos todavía de la utópica paz perpetua soñada por Immanuel Kant!

Las piedras ennegrecidas de una de las joyas de la ciudad de Dresde, la Iglesia de Nuestra Señora (Frauenkirche), desplomada tras su incendio, pudieron verse amontanadas durante casi cincuenta años hasta la caída del muro de Berlín. Reconstruída fielmente entre 1994 y 2005, hoy también sobre el valle del Elba redoblarán las campanas de este bello templo barroco; todo un símbolo de reconciliación en aquella ciudad que fue un día arrasada por la venganza y el odio.



Febrero de 2010