DEBER Y ARTE DE MORIR

INTRODUCCION


El tema de la Muerte, sin lugar a dudas, ha sido uno de los que cautivaron a Nóvoa Santos. Es posible que esto fuese una de las causas, por la que algunos autores han presentado su imagen como la de un hombre extraño y taciturno, con una idea fúnebre de la existencia. Nada más lejos de la realidad; para nosotros, Nóvoa, conocida su obra y su trayectoria, era un hombre plenamente vitalista y con una obsesión central en su pensamiento: el hombre. Su propia hija, Olga, nos comentaba en sus recuerdos, esa visión animosa y cordial de su padre, "un hombre temperamentalmente alegre, gozador de la vida, como el que más" (18). De la muerte tiene que hablar, porque la muerte forma parte de la vida, como tiene que hablar de enfermedad y de fisiopatología, porque también son vida; pero lo biológico, lo material, no eclipsa, ni mucho menos, una vida del espíritu; todo lo contrario: "yo soy mi cuerpo, y más que mi cuerpo". A partir de la conferencia que pronuncia en 1916, en el Circulo Mercantil de Vigo: "La vejez, la Muerte y la Inmortalidad" (12), empieza a latir en Nóvoa una idea inquietante: "la de aclarar el sentido último de la muerte".



Un estudioso de su obra, GARCIA SABELL, define en Nóvoa la muerte, como "una constante existencial" (4); como fisiopatólogo ve en la muerte un proceso al que conduce la diferenciación de la materia viva, como antropólogo le preocupa ese "deseo de penetrar más allá de los limites de nuestra propia existencia material" (13,III, 144), que él ve presente en todas las formas de la actividad humana, en su ansia de evadirse de la naturaleza, de alcanzar una supranaturaleza. Desde diferentes perspectivas quería acercarse a la muerte, quería desentrañar el significado de esa tendencia irresistible de todo ser vivo a desvanecerse en la muerte, y que se inicia en cada especie al comenzar la vida. La energía vital sostiene al individuo hasta que se agota (16,40); la muerte natural, en el decir de MAX VERWORN, es "la cesación irreversible de los procesos nutritivos característicos de la vida". ¿Tiene todo esto un significado negativo - se cuestiona Nóvoa - o por el contrario, se pone en marcha una nueva potencia, justo en el momento de la muerte?. (16,45). Deja abierto el interrogante; uno más en el pensamiento de este patólogo, estudioso y profundo conocedor del hombre en su vivir y en su enfermar, que dejó escritas las palabras más bellas y vitales, que se pueden escribir sobre este trascendental proceso humano: la muerte.



Sería erróneo pensar en un Nóvoa trágico y depresivo, un Nóvoa tanatófilo. La lectura de la muerte en Nóvoa, sus lecciones de muerte, han de ser contempladas en su sentido antropológico: El hombre es lo primero; toda la obra de Nóvoa Santos está centrada en el hombre, para el hombre y por el hombre. Entre 1904, fecha de su primer trabajo, y entre 1933, año de sus últimas obras, los diferentes temas que aborda, manifiestan una preocupación en nuestro autor por encontrar un significado, un sentido, a la presencia del hombre en el esquema general de la Vida.



No es fácil llegar a valorar el pensamiento de Nóvoa más allá de la patología. El mismo también decía, que no podía limitarse solo al contacto diario con sus enfermos, y que precisaba vagar por el terreno de la filosofía...¿hasta donde llegarían sus límites?. García Sabell nos dirá que siempre tendremos esa impresión de obra incompleta e inacabada, y así es, pero no se trata de valorar lo que pudo ser. Lo que ha sido, lo que es y quiso transmitir está presente en su obra.



LA MUERTE, UN PROCESO EN LA PATOLOGIA

En el terreno de la medicina, como ciencia aplicada a la clínica, es bien definida la posición de Nóvoa Santos, el mismo decía que aspiraba a ser un patólogo (2), y de hecho quedo consagrado en las páginas de la historia de la medicina como clínico y como maestro, siendo su más fiel testigo su Manual de Patología General que resistió el paso del tiempo, con más de treinta años en sucesivas ediciones. En el momento de su aparición en 1916, "era una tarea que estaba inédita"..."no existía en Europa una fisiopatología del alcance y enfoque específico que el libro de Nóvoa Santos representaba", destacando las diferencias con otras obras de la época como el célebre tratado de KREHL, en Alemania, o la semiología de SAHLI (6,51). En nuestros días, para PORRAS GALLO (19), "la Patología General de R. Nóvoa Santos fue el principal manual español de formación médica desde su primera edición en 1916".



Esta gran obra de fisiopatología constituye un medio más para conocer al hombre a través de sus modos de enfermar. Nóvoa, que considera la vida psíquica como una expresión más del contenido vital humano, es de los primeros patólogos, que incluye las alteraciones de la psique, la psicopatología, en su tratado de patología; asimismo, la muerte también es una de las claves de la vida, y porque hay muerte también abordará el tema de la inmortalidad. Su profunda formación en patología va a permitirle una aproximación a la antropología desde la fisiología y la fisiopatología. La dimensión antropológica de la enfermedad presenta en Nóvoa un matiz que va más allá del proceso morboso. Hay dos interrogantes claves: "¿Cómo el enfermo siente y valora, y vive su enfermedad?, y ¿Qué es la salud, el "sentirse bien", prescindiendo de toda norma objetiva que nos ayude a definirlo?" (15,178). Es el sentimiento pleno de salud, el sentirse bien: "sentimos fluir la vida sin tropiezo alguno, sin impedimento alguno, con esa profunda y silenciosa alegría que llamamos "euforia", que ni siquiera nos abandonará en el trance de nuestra postrera despedida". Tanto la senectud como la muerte "deben ser considerados como fenómenos de adaptación aparecidos en el curso de la filogénesis, o en otros términos, como resultado de la diferenciación de la materia viva" (SEDWICK MINOT) (13,III,135).



Describe el proceso de la muerte, la fase agónica, y la importancia vital de los distintos órganos del cuerpo. El concepto de "trípode vital" de BICHAT, dice, "ha perdurado entre los médicos", y añade: "En último término, la muerte se define por la cesación definitiva de los procesos nutritivos del protoplasma" (13,III,137). Se plantea los sentimientos que surgen en la conciencia del moribundo, afirmando que predomina la serenidad, el bienestar y hasta la euforia, independientemente de todo ideal religioso o filosófico, y que explica por el efecto anestésico del anhídrido carbónico sobre el sistema nervioso central (13,III,138)



Nóvoa quiere expresar que en la psique está influyendo todo proceso humano y, asimismo, la psique lo hace recíprocamente, de tal forma que una criatura puede encontrarse en un estado ruinoso, o quizás moribunda, y sin embargo se siente feliz y se encuentra sana. Esta es la diferencia que destaca: no es lo mismo "sentirse bien y feliz", que "estar sano de cuerpo y alma". Esta incongruencia ante la falta de conciencia de enfermedad tiene su raíz, según Nóvoa, bien en "desarreglos de la sensibilidad interna, del sentimiento de la vida", o bien en la "aparición de una agradable alucinación que inunda y absorbe el alma del enfermo" (15,187).



Nóvoa no puede resistirse a exponer algunas claves entramadas en su pensamiento (12).

1. Muerte y placer están unidos: "La muerte realiza el milagro de hacernos vivir intensamente..., quizás sea el primer instante en que la conciencia alcanza toda su lucidez y el poder de la profunda intuición del más allá".

2. Le preocupa cual es el destino del contenido de la conciencia, apuntando su permanencia entre nosotros y sobre nosotros. Al cerrarse los sentidos, "La conciencia quedaría libre de toda huella; es el sentimiento de la inexistencia" (13,III, 140).

3. Deja lo que pasa más allá de la muerte para el filósofo. Si el complejo sistema de "imágenes" se disipa o se desintegra en otras formas de energía "no nos incumbe desde el punto de vista estrictamente médico", y concluye: "Lo único que sabemos de manera cierta, es que en todas las formas de la actividad humana late, inexorable, la suprema voluntad de vivir, el deseo de extendernos y de penetrar más allá de los límites de nuestra propia existencia material" (13,III,144).





LA MUERTE, TEMOR, INSTINTO y DESEO

Nóvoa vislumbra que el significado de la muerte se escapa de los límites que le impone la patología. No desconoce el temor y la resistencia a "adormecernos en el regazo de la muerte". Es el miedo a lo desconocido, cuando en realidad, frente a la idea de una extinción físicamente dolorosa, hay testimonios de un "indefinible sentimiento de bienestar, una ventura sin límites y una exaltación dulce y serena del espíritu". Por este camino se alcanzaría la agonía extática, culminando en el "deseo y placer de morir", y que describe Santa Teresa como "agonía llena de inexplicables delicias, en la que se siente morir para todo el mundo y se duerme arrobada en el goce de Dios".



El deseo de morir, que alcanza un especial significado en los místicos, acerca a nuestro autor al estudio del fenómeno religioso, en esta especial situación del misticismo, preocupación compartida por W.JAMES (9). El místico, dice, que está deseando estar en presencia del Creador, en realidad desea la muerte con el pensamiento puesto en Dios; la vida se le hace larga. Es la sed del agua viva que manifiesta San Juan de la Cruz, o las coplas de Santa Teresa de Jesús suspirando: "que muero, porque no muero".



Establece también un paralelismo entre la posición del místico, deseoso de verse en la presencia de Dios, y la del amante que aspira a la eterna posesión del amado. El místico "predica la muerte", "ansia la muerte", y por ello se consume en un lento suicidio, y el amante canta la muerte, para borrar esa barrera que se opone a la unión intima con el amado. Así lo refleja LUIS VIVES: "Cuando el amante, olvidado por entero de si propio, está todo el fuera de sí, todo el en lo amado y lo amado en él; porque si esa llama se vuelve y recoge al interior, menos arderá fuera"; y Nóvoa Santos añade: "Para entrar en posesión de Dios o del amado, es de necesidad trasponer el umbral de la muerte".



Para Nóvoa el instinto de la muerte florecería al cobrar la muerte el valor de una función bienhechora, "que le procura el reposo merecido al término de una larga y trabajosa jornada" (17,80), y afirma que la voluntad de morir debe ser cultivada para reposar, sin que ese reposo pueda ser jamas turbado: "no se enciende en nosotros el instinto de la muerte, porque no cultivamos el despego a la vida". No existe, según Nóvoa, un antagonismo entre la vida y la muerte "sino que se funden y conciertan en una potencia eternamente creadora" (17,91).



Enlazaría este deseo de morir, continúa Nóvoa, con el sentimiento de "revertirse a la misma tierra que modelo su carne y su alma": Para CABANILLAS, el gran poeta gallego, la saudade, afirma Nóvoa, es "la fuerza creadora, en remanso del Recuerdo, y la fuerza creadora y pujante de la esperanza, ...en busca de "que los despojos materiales vuelvan a la misma tierra que les sirvió de soporte y alimento". Cuando el hombre vuelca su alma en "aquel pequeño rincón de la tierra", surge el hombre-paisaje, y esa interrelación firme y profunda ya no podrá quebrarse, " so pena de que se alce la saudade en la línea de separación de los dos componentes de la nueva entidad orgánica" (17,104).



Nóvoa Santos hace referencia a diversos autores que desde ángulos diversos han valorado la ausencia del paisaje nativo, la saudade, que en su grado más intenso conduce al brote de "la morriña"; los versos de Rosalía de Castro, Lisardo Barreiro, Viqueira, Camoens, acercan a este sentimiento, que en los místicos se traduciría en el deseo de dejar la vida para fundirse con la divinidad. Se siente la saudade de volar hacia Dios. Para Nóvoa Santos hay un germen de misticismo en la entraña de todos los hombres, que sería la expresión natural en el sentimiento de saudade, "forma de misticismo instintivo y panteísta". El anhelo y la aspiración se resuelven en la morriña en la voluntad de retornar a la tierra, "pero que en la saudade se intensifica y culmina en el "instinto de la muerte", que significa la forma suprema de reversión a la tierra (17,115).





MORIR SIN MORIR: VOLUNTAD DE MORIR

Nóvoa trata de acercar la fisiopatología al éxtasis y lo que rodea a esta experiencia, a través de las impresiones transmitidas por la Santa de Avila (17): "Después de admirar tanta maravilla, al volver en sí recuerda vagamente lo que ha visto". La palabra "inefable" traduce la imposibilidad de expresar con palabras todo goce espiritual o corpóreo. Teresa de Jesús llega gradualmente al arrobamiento, a lo que denomina el "cuarto grado" y que describe "como un deleite grandísimo y suave, casi desfallecer toda con una manera de desmayo que le va faltando el huelgo y todas las fuerzas corporales...los ojos se cierran sin quererlos cerrar, o si lo tiene abiertos, no ve casi nada; ni si lee acierta a decir letra, ni acaso a conocerla bien...", y así sigue describiendo la Divina unión. (17,44).



Teresa, comenta Nóvoa, llega a identificar el arrobamiento con la anhilación de la conciencia: "roba Dios toda el alma para sí; y, desde luego, "el transformamiento del alma en Dios", que siempre dura poco, corresponde a lo subido del éxtasis, en que el sentido se pierde todo. es entonces cuando las potencias están muy unidas con Dios" (17,48). Le resulta difícil al autor conjugar anhilación con unificación con Dios: "Ocluida el alma para el mundo; pero en tal estado, durante el cual la conciencia no está ausente, el alma esta sumergida en lo inefable". "El alma nunca estuvo tan despierta para las cosas de Dios".; "¿Cómo se puede entender que entiende este secreto? se pregunta Nóvoa Santos. Busca una luz: para alcanzar la "autovisión del espíritu", se va cerrando el diafragma de la conciencia, dejando de proyectarse en la pantalla, desde lo más periférico, las cosas del mundo, hasta lo más concéntrico, quedando un pequeño agujero, ya sin imagen alguna, pero esa "línea de luz pura", ese brillo se siente como "espíritu emancipado", y "se aprehende esta verdad como una ilusoria verdad, de la que no podemos hacernos . cargo en plena vigilia, que nos arrastra a sentirnos perdidos en Dios". Este es el momento de la anhilación de la conciencia, el más subido del éxtasis (17,52).



Nóvoa sigue cuestionando: ¿Cómo puede concebirse esta situación desde el terreno biológico? ¿Cómo sentir el espíritu separado del cuerpo?. Si se anula la sensación de nuestro cuerpo, cegando todas las estructuras nerviosas propioceptivas del organismo, se ciega toda la interna sensibilidad panestésica, y en este caso, "un hombre, si cierra los ojos, no tendrá noción de su cuerpo, se sentiría sin cuerpo, como un espíritu flotante, libre, sin soporte material alguno". Así, por un bloqueo de la actividad sensorial, una ausencia de toda sensación propioceptiva, y un aislamiento del campo de los recuerdos, "podemos entrever lo que es un espíritu separado del cuerpo".



Para nuestro autor serían las alteraciones de la sensibilidad interna conducen a la aparición de ciertas ilusiones, una de ellas es la de sensación de levedad del cuerpo, de flotamiento, o de ascensión. Estas sensaciones de levitación, anulándose el sentido de gravidez que se dan en los místicos, también se presentan en moribundos, psicópatas e intoxicados con éter o protóxido de ázoe, manifiesta el autor. Así pueden explicarse algunas de las sensaciones de Teresa de Jesús: la sensación de levitación y el "no sentir el suelo bajo los pies". "Esta explicación biológica del éxtasis cuenta con firmes apoyos"; "libre el alma del remolque del cuerpo; liberada también del contorno; ausente, por último de su contenido, está toda ella prendida en Dios". "Tan prendida y unida a El, que se sienten como una cosa divina" (17,56).



Al final Nóvoa Santos se pregunta cuál es el significado oculto del éxtasis. Teresa de Jesús descubre una gran semejanza entre el éxtasis y la muerte; esto es el éxtasis: una modalidad temporal del morir. "¡Oh, vida larga! ¡Oh, vida penosa! ¡Oh, que sola soledad!", "¡Oh, muerte, muerte; no se quién te teme pues está en la vida!", y así lo reflejó en sus versos: "Y de tal manera espero, que muero porque no muero". La única manera de satisfacer el deseo de morir, sin ausentarse por ello de la vida, consiste en simular la muerte: actitud rígida, mente anulada, frío el cuerpo.."Esto es el éxtasis: muerte temporal que viene a colmar la voluntad de morir" (17,58).





MUERTE Y PLACER

El bienestar y placer que se presenta en el éxtasis es considerado por Nóvoa como "una forma de placer extrafisiológico, y en algunos casos como un placer morboso (histeria, demencia)", que interpreta con W.JAMES admitiendo la aparición de imágenes alucinatorias de contraste, en tal forma que el sujeto experimenta el sentimiento de placer gracias al desarrollo de alucinaciones motrices y cenestésicas de carácter exaltativo (13,II,196). El tema de las alucinaciones e ilusiones es analizado por nuestro autor en el Manual de Patología General. La definición de W. JAMES: "La alucinación es una forma estrictamente sensorial de la conciencia" (13,II,155), y se diferencia así de la ilusión, en la que hay una base perceptiva real que permite una interpretación errónea posterior. De todas formas, dice Nóvoa, "no hay una separación estricta, pues en muchas alucinaciones se descubre un estímulo periférico procedente del órgano sensorial o de las vías tendidas entre este y el cerebro". Ilusiones y percepciones están presentes en individuos normales, y en condiciones patológicas, intoxicaciones, infecciones, psicosis e individuos histéricos. La diferencia entre las pseudoalucinaciones y las alucinaciones propiamente dichas, estriba precisamente en que en las primeras, el sujeto está persuadido de la subjetividad del fenómeno, en cambio "los alucinados consideran sus sensaciones como estados de conciencia despertados por estímulos exteriores". Esto quiere decir, que el pseudoalucinado "declara que son las imágenes de su propio pensamiento, de su fantasía, las que surgen en el campo de la conciencia" (13,II157). El alucinado tiene su vivencia real: en el místico, en expresión de Santa Teresa: "se siente morir para todo lo de este mundo y se duerme arrobada (el alma) en el goce de Dios" (13,II, 196); ..."los ascetas budistas autoprovocan el éxtasis, alcanzando el placer puro de la satisfacción interior y un vago sentimiento de bienestar físico concluye por cegar la sensibilidad y por anular la memoria, el sentimiento de bienestar y aún el mismo sentimiento de su indiferencia" (13,II,197). Se alcanza así el aniquilamiento máximo: el Nirvana terrestre, que representa la única anulación posible de este mundo; "la única muerte posible dentro de la vida".



Alcanzar esa anhilación de conciencia, dice Nóvoa Santos, representa el ansiar la muerte del místico, como el amante canta muerte para borrar la barrera que se opone a la unión íntima con el amado, o el budista que aniquila todo deseo. Recuerda Nóvoa a PLOTINO, de la Escuela de Alejandría, que ya indicaba que para llegar a la unidad absoluta, era preciso el camino del éxtasis, en cuyo estado tan intima es la unión: "que el alma no se siente ya distinta del objeto de su amor", y añade nuestro autor, que esta anhilación hay que entenderla como "un suicidio moral, una evasión del alma que conduce a la creación de un paraíso artificial". Para Nóvoa Santos, el éxtasis y la anhilación pueden considerarse como una "psiconeurosis hipnoide", un ensueño morboso que se acompaña de alucinaciones auditivas y visuales (17,135). Como médico relata sus experiencias: abandono, ensueño delicioso...; la esencia psicogenética de este arrobamiento está en los estados hipnoides.



Para el patólogo una tríada psicofisiológica define estos estados:

1. Abolición de la sensibilidad panestésica, bloqueándose todas las excitaciones afluentes de todas las partes del cuerpo.

2. Recogimiento de los sentidos internos, lo que se califica de "anestesia psíquica".

3. Reducción del campo de la consciencia, de forma que el alma solo pude vislumbrar la idea de Dios, o solo reflexionarse sobre sí misma.



Se pregunta en qué se distancia este paraíso místico de los "paraísos artificiales" logrados con los estupefacientes que logran la sensación de abandono, incapacidad de moverse, voluptuosidad y bellas y cambiantes alucinaciones: se contrapone el deseo de gustar un paraíso artificial, al deseo de gustar de Dios. Los buscadores de paraísos artificiales son perseguidos, aspiran a vivir en su aislamiento, como. unos místicos, que no desean se interrumpa su arrobamiento, lo que tienen claro es el deseo de aislarse del mundo real, y crearse un paraíso interior, mientras no llega la muerte "a procurarles el celestial paraíso prometido a los justos, o a adormecerles en el Imperio del Sueño sin despertar y sin ensueños". Termina Nóvoa Santos diciendo: "Recordarán aquellas palabras del santo de Asís: Bien venida sea la hermana Muerte".



Para Nóvoa este deseo de fundirse para toda la eternidad, es lo que lleva a los amantes al común sacrificio de sus vidas, y seria la muralla de carne que los separa lo que impide alcanzar la felicidad soñada. Al ser imposible la posesión absoluta, aun en las horas de abandono y voluptuosidad, se sienten alejados, naciendo el deseo de "morir para el amor". "Así podrán amarse, anudándose en un abrazo que ya nadie podrá desatar y que ninguna contingencia será capaz de destruir". Los enamorados cumplen así su deuda para con el amor mismo (17,147). Esta es otra de las reflexiones que realiza sobre el deseo de morir en los amantes, y además considera la presencia en este deseo de morir de "una llama de misticismo", que en Santa Teresa se manifiesta por esa tendencia al arrobamiento y alcanzar ese tercer período de llegar a alcanzar la unión del alma con Dios, y que en el caso de los enamorados sería "el amado", o "la amada", inundándose por la necesidad de morir (17,148). El deseo de morir se siente también en los albores de la pubertad, como canta LEOPARDI en sus versos, antes de haber alcanzado la aspiración amorosa y en la encarnación se rompería la valle de carne que separa la unión de los amantes, al plasmarse en una nueva vida, si bien esta fusión en un nuevo ser, dice Nóvoa, no es la "fusión dentro de sí", sino "fuera de ellos, en otro ser". Así esta imposibilidad de unión para siempre, esa especie de "muerte voluntaria", que es el amor, no tiene nada de extraño, dice MALON DE CHAIDE, "que se resuelva en ocasiones en una muerte efectiva" (17,151).





DERECHO A VIVIR Y DERECHO A MORIR

Hay una dimensión utilitaria en este concepto de la muerte en Nóvoa, que sitúa, unido al derecho a vivir, el derecho a morir, que es alcanzado por los organismos evolucionados, y no duda en afirmar, que la belleza de la muerte se sitúa junto a la belleza del amor (17,181). WILLIAM JAMES, interesado también por Teresa de Jesús, a la que definió como "la experta entre los expertos" (9,307), admite "la posibilidad de otros órdenes de verdad en los que podemos libremente continuar teniendo fe" (9,317), y más adelante añade: "....que pueden inducirnos a percepciones más verdaderas del significado de esta vida" (9,321). En el éxtasis, la conciencia vacía de sus contenidos, es una forma de alcanzar un cierto modo de morir en vida, interpretado por Nóvoa como un placer extrafisiológico. El deseo de morir que late en todos los hombres, es revelado por los sentimientos de morriña que expresan los poetas, culminando la saudade en el instinto de la muerte (17,115). Nóvoa afirma que para vivir ese instinto de la muerte tendríamos que cultivar el despego a la vida; la potencia creadora de la fusión entre la vida y la muerte solo es alcanzada por el enamorado traspasando el umbral de la muerte. Nuestro "derecho a morir" es tan fuerte como nuestro "derecho a vivir", y ante esas muerte que suceden por un ideal, heroicidad, en combate, hay que presentar "el deber de morir por el ideal de la vida misma y por la matria común que sustenta a los hombres de todos los lugares de la tierra "(17,166). Hemos de acostumbrarnos a la idea, dice Nóvoa Santos, de que "nuestro morir" es un supremo deber, que alcanzan los organismos de cierta jerarquía, y menciona las especies primitivas que no alcanzan senectud ni sucumben a la muerte natural, ya que se reproducen fragmentándose. Este sentimiento no debe estar en pugna con el deber de prolongar la existencia, "porque cuanto más largamente vivamos, y vivamos en plena juventud, mejor podremos prodigar nuestra vida y, por tanto, cultivar más intensamente el sentimiento de la muerte". Añade que hay que estar preparado en todo instante para satisfacer este débito, aparte de consideraciones morales de tipo religioso.



La cuestión más polémica que plantea, considera que "además quien tiene derecho a vivir, tiene también derecho a disponer de su vida como le plazca". La sociedad admite el ejercicio de ese derecho en defensa de ideas religiosas, políticas, guerras y combates. "Hay héroes que sucumben por un ideal, o mártires que renuncian a la vida por defender y sublimar la fe religiosa que les alumbra, creen que esta es la única senda para salvar su vida, que es la vida de su ideal o de su profesión religiosa", pero hay que admitir otros móviles que empujan a la muerte. Menciona la muerte que aceptaron grandes figuras históricas: Erasístrato, Séneca, Sócrates, Safo, ...La condena de este derecho admite "falta de valor personal" al renunciar voluntariamente a la vida, pero hay que admitir que no todos tenemos que ser iguales e valerosos, y no es infrecuente oír del enfermo o amigo desesperado "Me falta valor para quitarme la vida". Para Nóvoa Santos, no se trata ni de un acto de valor, ni de cobardía, sino de "una anticipación" (17,181).



Dice que: "el dolor físico, la parvura moral, la infelicidad , justifican la renunciación a la vida, y, sobre todo, el amor, que es, juntamente con la muerte, las dos cosas bellas que tiene el mundo" (17,181). Y concluye diciendo: "Todos tenemos el sentimiento del deber de morir, y que todos, igualmente, sentimos en la profundidad de nuestro corazón el derecho que tenemos a disponer de nuestra vida, prenda siempre nuestra, hasta el momento de recogernos en el sosiego de la muerte" (17,183).



Alcanzar la "buena muerte" a través de la enfermedad y el dolor, también tendría para Nóvoa connotaciones espirituales. El breviario de Luis Lapuente: "La perfección de las enfermedades", habla de "la ocasión de ejecutar las heroicas virtudes". La enfermedad y el dolor son vista como un elemento purificador del alma. El dolor hay que amarlo, hay que resignarse "y no luchar contra él, para que nos eleve ante Dios y nos lleve a descansar en su seno". De esta forma el moribundo "alcanzará la dulzura de una santa eutanasia moral" (17,188). Nóvoa Santos quiere añadir que hay otras vías para imponerse al dolor y entregarse a la buena muerte, una de ellas es el estoicismo, el desprecio del dolor. Se elige el momento oportuno de la muerte y el medio de ejecutarla. El creyente místico concentra el dolor sobre sí para ir hacia Dios. El estoico no lo considera factor de perfeccionamiento, sino que lo repulsa y cultiva la impasibilidad frente al mismo. Para el creyente es un resorte que le empuja a la gloria, para otros les impulsa a renunciar a la vida. Se plantea la duda de si debemos amarlo, despreciarlo o rendirnos ante él. "El pesimismo schopenhauriano hizo notar que la capacidad dolorífica es el precio de nuestra cultura y de la perfección de nuestra alma" (17,190). Hay una lucha permanente del hombre frente al dolor, y admitiendo que "se irán borrando muchas de las causas de dolor; mas es también seguro que se exaltará, al mismo tiempo, nuestra capacidad para sentirlo, y, por lo tanto, que será la infelicidad lo uncido perdurable, a pesar de nuestra sabiduría y de nuestra riqueza" (17,191).



No duda nuestro autor en luchar contra el dolor no deseado. La capacidad dolorosa está en paralelo con la finura del "alma". No puede haber ningún argumento que se oponga a las prácticas físicas y morales destinadas a excluir el dolor. "Paralelamente a la "eubiasia", hemos de considerar la "eutanasia", la buena muerte, la dulce despedida". Esto debe ser considerado no solo por motivos piadosos, sino también biológicos. El dolor es desorganización y a ella debemos oponernos.



Afirma que "cada uno es dueño de escoger el método moral o el procedimiento físico que crea más conveniente para aislarse del dolor"; y procurar que no nos alcance el sufrimiento es la vía más eficaz para purificarnos y superarnos (17,193)., y añade que "La postrera oración será más eficaz cuanto mayor sea el sosiego, es decir, cuando el dolor deje libre el camino al recogimiento. Además, ayudar a bien morir" fue siempre obra de misericordia" (17,195).



Nóvoa concluye su ensayo El Instinto de la muerte, dando un contenido espiritual a la muerte, en la imagen de un niño que "solo quiere descansar y dormir" y se entrega a la "sombra del árbol de la muerte". Queda abierto un campo de inquietudes y de cuestiones sin respuesta, en las que encuentra una fuente de riqueza para su pensamiento.





MUERTE, SEXO E INMORTALIDAD

"Porque se da la muerte, por eso precisamente podemos hablar de `inmortalidad´". Nóvoa va a darnos sus lecciones de inmortalidad en su obra La inmortalidad y los orígenes del sexo (16), en la que quiere dar una visión biológica a la perennidad de la "substancia viva", "que nada tiene que ver con el problema filosófico - religioso relativo a la inmortalidad de una "substancia espiritual" (16,10). Pretende acercar los mitos de la humanidad a la realidad, y qué sentido tiene hablar de inmortalidad, "sin trasponer el cercado de la Biología pura" (16,10). La condición del hombre de ser funeral es la que determina poder hablar de "ser inmortal".



Recuerda la definición de PLUTARCO, "el sueño es el noviciado de la muerte" (16,15), de forma que nuestro aprendizaje diario de morir es el sueño, y ha sido el sueño la fragua de "los mitos relativos a la dualidad de la persona humana y a la inmortalidad del espíritu"(16,16). Así el hombre primitivo que sueña y ve su muerte y otros lugares por donde deambula, se encuentra intacto y palpitante al despertar: "hay en mi un viajero que se escapa a ciertas horas, se libera del cuerpo mientras duermo y luego se recoge en morada". Esto le va a permitir conversar y ver a los antepasados de su tribu, que viven en algún lugar. El hombre llega a admitir dos aspectos de la Realidad, una, la exterior, que entra por los sentidos, y otra que se nos presenta durante al dormir..."de la fantasía onírica se desborda el mito" (16,20). Nos vemos muertos y después estamos íntegros, sin ningún daño; así puede nacer el mito de la resurrección (16,18-19). Para Nóvoa la fantasía es la primaria forma de actividad el espíritu, y posibilita que estos grandes mitos de la humanidad emerjan de esta función dominante en la mente primitiva, transformándose más adelante en construcciones lógicas, y admite, por otra parte, que las propias ciencias, la biología y la medicina, se nutren inicialmente de concepciones fantásticas; en última instancia, "la Fantasía descubre la realidad, y se adelanta a ella, y la supera, e incluso la crea y la afianza" (16,29).



Sostiene nuestro autor que "la duración de la vida es exactamente igual para todas las especies y para cada uno de los individuos" (16,50). ¿Que quiere decir con esto?: que con relación a "su tiempo" la duración de la vida de los seres es siempre la misma, y que un año de nuestra existencia es equivalente al ciclo vital de una mosca, considerando que el funcionamiento de cada "reloj interno" de los seres vivos podrá ser más lento más rápido, pero: "todos los relojes en marcha, van marcando todas las horas internas de la existencia con igual velocidad relativa". Afirma que "internamente la capacidad vital es igual para todos los seres" (16,53), aun cuando en términos absolutos la vida de unas especies más corta que en otras; postula así que la "dimensión temporal biológica es exactamente igual para todas las formas vivientes". Los hombres hemos tomado como referencia el giro de la Tierra para la medición del tiempo objetivo, pero podríamos tener otra referencia cronométrica diferente (16,56).



Si la muerte constituye una fase obligada del desarrollo individual, dice Nóvoa, el "morirse natural", "con que se clausura el suave agotamiento senil deberá coincidir con un sentimiento de placer" (16,61), y dentro de esta cuestión establece varias consideraciones, desde la satisfacción de morir a su tiempo, hasta la existencia de un "dolor morboso de vivir y una indiferencia de vivir", que aparentemente se enfrentan con el instinto de conservación: "frente a la voluntad de vivir, pongamos la voluntad de morir"; esta sería la revelación de un instinto más o menos oculto, adormecido o repulsado por la mayoría de las criaturas, y "que aparece un serenamente en la limpia superficie"; La aparición de este impulso sería "la más espléndida manera de manifestarse la primigenia aspiración hacia la nada" (16,66). La idea de la "saudade" sería "la expresión más profunda, pura y vaga del instinto de la muerte", como expresó en ocasiones diferentes es la aspiración a entrar en íntima y perdurable comunión con la tierra y descansar en ella para siempre (16,68)



Partiendo de que la muerte es una "necesidad" instintiva, sostiene que su satisfacción deberá engendrar alivio al aproximarse el desenlace, y se plantea los sentimientos que surgen en la conciencia del moribundo, que pueden ir desde la apatía, hasta "un sentimiento de beatitud, de serena tranquilidad y de satisfacción", y esto "con independencia de cualquier convicción filosófica o religiosa" (16,78); se entra en el "imperio de la muerte", como si se entrase en el sueño, "con la misma placidez y necesidad de descanso", y llama la atención sobre los casos de "muerte anticipada" por enfermedades, en que debería surgir un sentimiento de temor o de pánico, no ocurre así, "entra en actividad el impulso tanático", y no porque se bloquee o se anuble la "conciencia de existir". Esta euforia o indiferencia "se explica por una especial turbación del espíritu" (16,80). Estas ideas, como fisiopatólogo, ya habían sido mantenidas anteriormente (13,III,135). Considera esta situación similar a una psicosis tóxica por "substancias que tienen una acción parecida a los estupefacientes provocadores de paraísos artificiales. Cerca ya de la muerte, pisa ya el hombre el umbral del paraíso". Todos los fenómenos físicos que presenta una agonía: respiración estertorosa y violenta, contorsiones, muecas, etc., son reacciones puramente orgánicas, "sin resonancia en la conciencia", y añade, que aun en el caso de experimentar dolor de morir, esto no se opone a la existencia de un "instinto tanático considerado como una fuerza autodestructora ligada a la organización" (16,81). El dolor está ligado a muchos hechos biológicos instintivos: parir, desfloración, ...también habría un "dolor de morir", ligado al instinto natural de la muerte. Sería este instinto tan fuerte como el del sexo y la nutrición, pero "nadie tiene experiencia acerca de este instinto tanático", ...."la póstuma experiencia instintiva" (16,88). En cierto modo el impulso tanático es la salvaguarda del equilibrio en la naturaleza, y "sin la muerte el mundo permanecería quieto, estancado"; la muerte implicaría creatividad; se trata de una fuerza "que nos impulsa violentamente a superarnos"



De acuerdo con el biólogo WEISSMANN, "la muerte no es una cualidad primaria de la substancia viva"; es el caso de los protistas, que son "esencialmente inmortales", puesto que se escinden en dos unidades indefinidamente, y en este sentido, puede decirse también que "nuestro cuerpo es mortal, pero nuestras células germinales se continúan en la descendencia y se inmortalizan en ella". Otra forma de muerte es la pérdida de la individualidad, pero sin que ello suponga la aparición de un cadáver (16,93). En el hombre, además de la pérdida de individualidad, entra en juego "la conciencia del existir": un individuo puede darse por muerto desde el instante que pierde esa consciencia del existir, aunque continúen las funciones vegetativas, "no puede decir que existe". Por eso Nóvoa dice que el sueño y los estados de obnubilación "tienen la significación de una modalidad de muerte", transitoria y reversible, pero irreversible en las situaciones que se continúan con la muerte; "durante el sueño profundo y lo mismo en los estados de obnubilación de la conciencia, nunca llegaremos a saber que existimos, como tampoco nunca llegaremos a saber que estamos muertos" (16,97). En el hombre la muerte integral vendría definida, según Nóvoa Santos, por la "anulación de la conciencia del existir", por la "anulación de la individualidad", y por la de un "cadáver". Otros organismos, en cambio, sufren la muerte al destruirse la individualidad orgánica, y otros por la simple anulación individual; la presencia de un cadáver es un despojo "que aparece de manera obligada solo en los organismos de cierta jerarquía" (16,98).



Se detiene Nóvoa a analizar la muerte que ocurre en algunas especies animales al reproducirse: "acaba la vida en el momento que nacen otros seres a la vida". No es el caso de la especie humana: ¿qué se oculta, qué sentido que encierra. esta supervivencia, tras el ocaso sexual, que se halla en el hombre y en otras especies animales?. Hay biografías de grandes hombres que revelan el esplendor de su producción en la edad madura, y cita a Miguel Angel, Tiziano, Kant, Goethe, podría ser esta una reserva para la actividad creadora, pero este no es el caso de los animales. Cree que esta trayectoria vital debe tener "un secreto significado, un sentido oculto, que no sabemos desentrañar" (17,160). Es posible que ese hiato entre el ocaso de la vida sexual y el momento de la muerte, sea una especie de "pervivencia de lujo", dice, pero que aún no teniendo una finalidad esencialmente erótica, "no podemos afirmar que se trate de una cualidad inútil". De hecho existen muchas funciones de reserva en el organismo, "que no son de lujo", que vienen a representar una "capacidad adaptativa", "una previsión en sentido teleológico" (17,162). Es el caso de la conciencia que tendría ese significado de utilidad para la conservación y defensa del individuo. No se trata de ningún lujo, sino "un esfuerzo más a la función protectora de la actividad nerviosa del hombre". BLEULER , ya hizo notar "que el resplandor de la conciencia entraña una cierta finalidad" (17,162). En este sentido, W.JAMES, después de sentar que la vida mental tiene por fin presidir la conservación y defensa del individuo, añade que, "por lo común, lo que parece mejor a la conciencia es lo mejor para el ser" (17,163). Es seguro que hay un fin utilitario en muchas sutiles actividades imaginativas, para la conservación y perfeccionamiento de la especie.



Pero, Nóvoa se mantiene en su duda, "¿y las bestias?". Los amantes, en algunas circunstancias, resuelven este enigma, entendiendo que es un lujo esa supervivencia "sin sentido", y "son ellos los únicos que, al invocar la muerte como senda para entrar en el imperio de la posesión absoluta y recíproca, se alejan del resto de los hombres y de las bestias" (17,164). En los organismos superiores, dice, la diferenciación entre soma y germa, permite considerar que "lo primario es el germa y solo ulteriormente aparece el cuerpo como un apéndice deleznable excluído o segregado del germa". El soma se acrecentaría y complicaría para proteger y fortalecer la substancia germinativa "vectora de la cualidad inmortal". WEISSMANN admite esta condición de inmortalidad solo para las células germinales, si bien RÖSSLE dice que la primaria cualidad inmortal, "no está anulada, sino simplemente adormilada o inhibida en la masa somática de los seres más diferenciados " (16,121). Las células extraídas de un cadáver pueden ser mantenidas indefinidamente "in vitro", conservan latente esa primaria cualidad del germa (16,125), y las células menos diferenciadas son las que tienen una mayor capacidad regenerativa, como es el caso de las células cancerosas: "hay una oposición entre la tendencia a la inmortalidad y el poder diferencial de la evolución creadora...la muerte es el precio de la diferenciación" (16,130).



La reproducción sexual significaría para Nóvoa Santos la respuesta para sortear las condiciones ambientales adversas, pues así ocurre en ciertas especies, como los infusorios, que se reproducen sin necesidad de cópula, por simple partición en circunstancias favorables; ahora bien, si las circunstancias nutricias son desfavorables recurrirán a la cópula, que es una especie de canibalismo, asimilando los más potentes a los más débiles. La muerte con despojo cadavérico no existe en los organismos con reproducción asexuada. Según HANSEMANN, "la reproducción representa la causa directa de la muerte natural", y añade Nóvoa Santos: "es el amor sexual el punto de arranque de la muerte" (16,153). Al diferenciarse las células somáticas y germinales "hace su aparición la muerte". Muerte y sexualidad son dos aspectos de un mismo hecho, si bien, es evidente que la sexualidad se origina como una necesidad de conservar la estirpe.



Continuando con esta misma línea de pensamiento Nóvoa Santos, por el camino de la muerte, quiere acercarnos a la inmortalidad. La muerte está oculta en el amor sexual; en los seres unicelulares la fusión o la captura de un individuo por otro, trata de sortear el factor letal que representa la carencia de alimentos en el medio. Para los seres diferenciados sexualmente, "aun viviendo en condiciones óptimas, la fusión sexual tiene el valor de una reacción contra los factores letales endógenos que conducen necesariamente a la caducidad y la muerte" (16,157). A pesar de todo Nóvoa habla de inmortalidad y de supervivencia y "en un terreno estrictamente biológico", sin aludir para nada a lo que se ha dado en llamar "el alma inmortal de la especie" (16,164). Todos, grandes y humildes, dejan una huella más o menos profunda, y "el que no las veamos, no quiere decir que no existan: el primer hombre que ideó hacer el fuego, el que cultivó las gramíneas o los tubérculos comestibles por vez primera, esto ha quedado"..."Todo influye en la marcha del mundo. La vida deja trazada para siempre en el mapa de la naturaleza la impresión de su paso".



La inmortalidad en Nóvoa Santos no es vivida ni presentada como una tragedia en el sentido unamuniano. Vida, enfermedad y muerte dejan sus residuos; Nóvoa habla de "fragmentos espirituales emancipados de la organización"; quiere considerarlos como una excreta que persistiría tiempo después de haber acaecido la muerte. Aunque se apague la existencia, "hay algo que sin ser inmortal, supervive" (16,178). Sostiene nuestro autor que vivimos rodeados de esos fragmentos psicofísicos desprendidos de todos los seres, próximos o remotos, amigos o enemigos, que constituyen "un nuevo ambiente interespiritual del que apenas tenemos un vago conocimiento". Aunque pasen desapercibidos para la mayoría de las personas, hieren el fino sentido de algunas personas bien dotadas, "revelándose entonces de alguna manera a la conciencia humana". A pesar de no ser percibidos por nosotros están influyendo ocultamente, como igual ocurre con gran número de radiaciones físicas que no perciben nuestros sentidos. Esto expresaría, según Nóvoa, "una supervivencia fragmentaria del espíritu". Don Miguel de Unamuno no se quería morir, no quería que le arrebatasen su yo: "¡Yo no me muero, a mí me matan..!.". (11). En Nóvoa no encontraremos esa tortura en la búsqueda y ansia de una inmortalidad personalizada, puesto que, para él, la inmortalidad va más allá de nuestra organización psicofísica, de nuestra persona. El dolor moral que supone la pérdida de los seres queridos es comparable, en cierto modo, al "sentimiento nostálgico de la saudade, y que tiene igual sentido de mutilación dolorosa". Ese deseo de volver a encontrarnos con ellos, nosotros lo transformamos en realidad, a pesar de la total falta de pruebas, pero Nóvoa abre una esperanza: "los seres queridos que huyeron para siempre de nuestro lado, viven realmente en nosotros..., los tropezamos todos los días...Están en nosotros mismos, ágiles, inquietos, palpitantes. Han dejado en nuestro ser tan profundas huellas, tanto afecto, tanto corazón, tanto espíritu que ellos continúan viviendo en nosotros...He aquí la máxima consolación a que podemos aspirar: A permanecer unidos a nuestros muertos interín vivimos. Con el pensamiento puesto en lo que dejamos y en lo que nos espera; penetrados de serena resignación, pero sin gran pesadumbre, puesto que todo lo que desaparece ha cumplido su misión en el mundo; y con la creencia de que nuestro espíritu irá a enriquecer el tesoro intelectual que palpita sobre nosotros, en la Vida y ,más allá de la Vida, deberemos penetrar en el Mundo de lo desconocido sin el más leve temor, puesto que estamos penetrando en él en todo momento, sin que nos demos cuenta de ello, y puesto que él nos penetra continuamente, sin solicitarlo ni advertirlo". Todo, absolutamente todo, va a seguir, no viviendo, en el sentido que conocemos de Vida, pero si "vivificando" la riqueza del discurrir de la Humanidad. A Nóvoa Santos, maestro de la vida y pensador de la muerte, sólo le faltaba explicar su propia "enseñanza de morir".





SU ULTIMA LECCION

Para nuestro autor, la muerte, un singular y único proceso biológico, se pluraliza en sus lecturas humanas. Es diciembre de 1933: Nóvoa Santos convalece en Compostela. Dos meses antes había sido operado por su amigo el Dr. Gómez Ulla en la Clínica del Rosario en Madrid. "D. Mariano, dejo a mi familia sin problemas económicos, y si fuese necesario para extirpar todo el mal terminar mi vida en la mesa de operaciones, ¡sea!; pero por favor, lléveselo todo". Nóvoa ya se había autodiagnosticado. El cirujano se encontró con el tumor primario en el estómago, un carcinoma estenosante de píloro, y metástasis en hígado, páncreas e intestino. La intervención fue resuelta con una gastroenterostomía paliativa. Estaba de guardia en el postoperatorio su Alumno Interno, el Sr. Carmena, que años más tarde sería catedrático de Patología General en Valencia, y en testimonio personal nos relata que "lo primero que quiso comer D. Roberto fueron sardinas, y les dijo `que le habían sentado estupendamente´". Quiere descansar en Santiago. Es consciente que allí será su descanso definitivo. Allí lo recuerda García Sabell, antiguo alumno suyo, y ya joven médico, paseando por los jardines de la Herradura santiaguesa, o en la barbería de la Rúa del Villar charlando, y sobre todo, escuchando, "mientras sus ojos penetraban en el interlocutor" (6,41).



Era el 9 diciembre de 1933. Su sobrina Mª Luisa, en sus recuerdos de niña, es hoy fiel testigo de aquella jornada: "Había salido con mi tía Pastora a comprar algo de turrón para animarle a comer..., estaban próximas las Navidades, pero a penas lo probó. Las campanas de la torre del reloj de la Catedral, la Berenguela, habían dado las dos, estaba escribiendo, deja de ver, palidece: Su hijo Moncho estaba presente. Recobra el conocimiento y dice "acabo de tener una hemorragia interna, avisad inmediatamente al Dr. Alsina para que me haga una transfusión". Llaman a sus amigos y colegas los Drs. Cadarso y Sanchez Guisande, que viven cerca; nada se pudo hacer...". Los rumores de un suicidio se extienden por Santiago, y permanecieron en la leyenda hasta nuestros días (10,39,40). Nada más lejos de la realidad, en este hombre, que desde una profunda reflexión sobre la muerte, supo amar la vida, y situarse con serenidad ante su propia muerte, ya conocida y pronosticada. Su firmeza y su entrega a lo inevitable fueron como su vida: sincera, honesta y sencilla. Una huelga general va a impedir la publicación del fallecimiento en la prensa gallega, pero el entierro es acompañado de una multitud ingente hasta el antiguo cementerio de Santo Domingo. El Prof. Cadarso, Rector de la Universidad, preside el duelo. Nadie iba a sospechar que a los pocos días, y a consecuencia de un accidente de automóvil, también le acompañaría a la sepultura.



¿Entereza ante la muerte?: paseando por la Plaza del Toral, unas semanas antes de su defunción, el Dr. García Sabell y su compañero el Dr. D. Tomás Harguindey, se encuentran con D. Roberto: "Miren Vds. lo que he recibido hoy". Era un anónimo insultante que decía: "Tienes un cáncer. Toda la vida has sido un hereje y ahora Dios te envía el castigo que mereces". Relata García Sabell, que D. Roberto sonrío tristemente, y sus ojos le brillaron con cierta malicia, característica en él, antes de despedirnos. Ya no volvió a verlo más. "Nóvoa Santos murió con toda conciencia y con supremo valor" (6,41,42).



Más tarde la familia encontrará en su casa de Madrid, una carta con sus deseos y últimas voluntades. Se mantuvo en secreto hasta que con autorización de su hija Olga fue dado a conocer su contenido en una sesión de la Academia Médico-Quirúrgica de Santiago de Compostela en 1970. D. Roberto deseaba "que el entierro sea el más modesto y sencillo, o mejor, el más pobre, y que a nadie se participe la hora de su celebración". Para él "como toda la tierra es santa", no ve precisa una "tierra religiosa", pero tampoco quiere complicar a la familia: "si creéis que este deseo mío puede heriros o acarrearos molestias de tipo social, disponed lo que queráis sobre este extremo". Una sábana es la mortaja deseada (1,132,133). Fue su última lección.



Había nacido en La Coruña - abiertos horizontes a todos los mares - un 8 de julio de 1885. Muere a los 48 años. Sus restos, hoy ya cenizas, reposan en el cementerio de Boisaca de Santiago, no lejos del Panteón de Gallegos Ilustres de la Iglesia de Santo Domingo de Bonaval. Tendrán que pasar muchos años para que un busto de D. Roberto, del célebre escultor gallego Asorey, presida la escalinata de la Facultad de Medicina, en la santiaguesa calle de San Francisco. El tiempo no lo borra todo, muchas veces lo acrecienta. Un trozo humilde del suelo de Galicia, como fue su deseo, acogió el descanso inmortal de uno de los más ilustres gallegos; uno, de sus más grandes hombres, que vivió amando la vida, haciendo suyas las palabras de RABINDRANATH TAGORE: "...Y como amo esta vida, sé que de igual modo amaré la muerte", a lo que él mismo añadió: "Amar la vida, y cuando llegue el momento, saber amar la muerte" (17,90).





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