GREGORIO MARAÑÓN Y POSADILLO (1887-1960)
Han pasado cincuenta años. Don Gregorio fallecía en su casa de Madrid el 27 de marzo de 1960. Días antes había estado corrigiendo el original de Los tres Vélez. Una historia de todos los tiempos, su último libro, que sería publicado dos años después. La víspera dictó su última carta dirigida a don Ramón Menéndez Pidal. Marañón ahora descansaba: “Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar. Descansar, es empezar a morir”. Así lo había dejado escrito. Nada, ni nadie, había podido detener la fecunda trayectoria de su vida, proyectada en una vasta y profunda obra.
Es posible que fuera su timidez, junto con una dislalia manifiesta, la que lo apartase de la vocación por la abogacía, tradicional en la familia. Dedicaría su vida a la Medicina desde los inicios de la licenciatura en la Facultad madrileña de San Carlos en 1902. Tuvo grandes maestros: Ramón y Cajal, Sañudo, San Martín, Olóriz. Con Madinaveitia aprendió el arte de la exploración clínica y aquello que los libros no enseñan al lado de los enfermos. La medicina para Marañon, padre de la Endocrinología, y primer catedrático de esta especialidad en la Universidad española desde 1931, no tuvo límites. Su humanismo impregnó tanto los trabajos de investigación, como los ensayos biográficos e históricos, los prólogos y hasta sus versos.
Una sola palabra: Marañón, era suficiente para abrir las puertas de cinco Reales Academias: la de Medicina (1922), la Española (1933), la de la Historia (1934), la de Ciencias Exactas, Físicas, y Naturales (1947), y la de Bellas Artes (1953); a esto se unieron varios doctorados “honoris causa” y títulos académicos nacionales y extranjeros, entre otros Oporto, Coimbra, París, Nueva York. Pero, además don Gregorio era Posadillo, para que no hubiera duda de sus orígenes montañeses de los que siempre hizo gala. Aquí, en el Instituto de Santander, realizó el examen de ingreso en bachillerato, al que acudió acompañado por su padre y por Menéndez Pelayo - ¡nada menos!- , y, aunque fue aprobado, jamás olvidaría sus balbuceos ante el Tribunal, dominado por la timidez y la defectuosa dicción, contra la que tuvo que luchar con voluntad férrea durante muchos años. Sería también en Santander, durante las vacaciones estivales de la familia, donde en las tertulias con Pérez Galdós, Pereda y Menéndez Pelayo, tan dispares en idelogía, tendría la mejor escuela de libertad y tolerancia que iba a marcar la trayectoria de su vida. Humanista y liberal ¿es qué podría ser de otra manera?
El liberalismo para él era una conducta: “no requiere una profesión de fe sino ejercerla, de un modo natural”. Se es liberal – decía - como se es limpio o como, por instinto, nos resistimos a mentir. Esto le costó disgustos e incomprensiones y lo llevó a ser uno más de aquellos “españoles fuera de España” los seis años de exilio, desde finales del 36 al 43, pero con España en el corazón y en la mente. Nunca fue envidioso. Decía Madariaga que “Gregorio Marañón fue uno de los españoles más libres de envidia que he conocido”; pero fue muy envidiado, y lo sabía. En cierta ocasión él mismo había dicho que la celebridad completa la dan por igual “los amigos apasionados y la enconada envidia de los enemigos”. Ese mal nacional, la envidia, lo sufrió en vida e incluso después de muerto, cuando ya no podía defenderse ¿cómo explicar sino los viles y mordaces comentarios de Castilla del Pino en “Pretérito imperfecto”? Solo desde el rencor y la envidia pueden concebirse los rastreros y despreciables ataques de Enrique Suñer en su libelo sobre “Los intelectuales y la tragedia de España”.
La sexualidad fue uno de sus grandes temas, de modo especial entre los años 1924 a 1932. En la investigación realizada por la Dra. Alejandra Ferrándiz: La psicología de Marañón (1984), relaciona sobre esta materia 59 obras editadas en este período, de las cuales, 5 son libros, 39 artículos, 9 conferencias y 6 son prólogos destinados a libros de esta temática. Marañón tiene entre 37 y 45 años. El psicoanálisis freudiano está en su cénit: el sexo es la base psicodinámica de la vida mental. Gregorio Marañón, endocrinólogo, va a introducirse en la sexualidad con todo su bagaje científico, pero además publicará importantes ensayos patobiográficos en los que trata de encontrar una explicación hormonal a ese continuo de la vida sexual que se extiende entre la intersexualidad, la homosexualidad, la heterosexualidad y los estados intersexuales.
Marañón da a conocer sus biografías sexuales sobre don Juan, Casanova, Enrique IV y Amiel. ¿Es posible – como dice A. Ferrándiz – que ese interés por el sexo refleje las pulsiones íntimas del autor manifiestas en su tartamudez juvenil y su timidez? Hay un manifiesto debate entre los dos estudios que Marañón realiza sobre Amiel, por un lado, y don Juan – el donjuanismo en sentido amplio – por el otro. Mientras Amiel, tímido y reservado, es visto con buenos ojos e incluso disculpado por Marañón en sus errores y sus tropiezos homosexuales, don Juan, por el contrario, es el arquetipo del hombre inmaduro que rezuma antipatía, llámese don Juan o Casanova. Frente al mito de don Juan, con una sexualidad indeferenciada, el picaflor pero sin capacidad de amar en su pleno sentido, la figura real de Amiel, que Marañón estudia en su diario, aun en las fronteras de la homosexualidad, es el tipo masculino superdiferenciado.
Frente a la virilidad cuantitativa, instintiva, indiferenciada, casi propia de las bestias, que representa ese rufíán, ese zángano creado en el mito de don Juan, al que ataca sin piedad, Marañón presenta el amor idealizado de Amiel, el profesor suizo, selecto y diferenciado, en cuya base se encuentra la ternura, y al cual se acercan las mujeres y lo aman. Pero ignora por qué; le cuesta elegir a la mujer que ha idealizado y con la que desearía unirse una vez y para siempre. Porque Amiel, lo mismo que Marañón, es plena, cordial y cerebralmente monógamo. Dolores Moya fue el gran y único amor de don Gregorio todos los días de su vida y desde muy joven; se conocieron cuando el tenía dieciocho años y ella aún no había cumplido los quince. Sin duda alguna fue una mujer que proporcionó a su marido una ayuda y colaboración permanente. Madre, esposa y ayudante, en silencio y con eficacia. Siempre a su lado, escribía a máquina las cartas que le dictaba su esposo y los tratamientos que prescribía a sus enfermos. Y así hasta el final: “Me he quedado sin marido y sin empleo”, dijo con sentimiento ante la ausencia definitiva del compañero.
Amiel, el filósofo moralista, admirado y rodeado por las mujeres que a él acudían como confidente, no logró encontrar en su vida aquella esposa “…compañera de las noches y de los días, apoyo de la juventud y de la vejez, colaboradora de sus trabajos, eco de la conciencia, bálsamo de sus penas, oración y consejo, descanso y aureola…”, que Marañón tuvo la fortuna de disfrutar. Don Gregorio sabía muy bien que el amor era algo más que un flujo y reflujo de nuestras hormonas.
Más allá de sus tesis y sus teorías, el legado de Gregorio Marañón es el de su propia vida; su entrega al trabajo, a sus enfermos; su fe, su patriotismo y su servicio a España por encima de dictaduras, monarquía o república. Era un hombre de convicciones, integro; un hombre de pie, diría Salvador de Madariaga. Medio siglo después las lecciones del gran maestro han dejado su huella, pero ni el texto, ni el contexto son lo mismo. No podrían serlo. Y al final, por otro lado ¿qué nos diría sobre el sexo? Seguro que lo más simple e inmutable; lo dejó escrito: “No son los dos sexos superiores o inferiores el uno al otro. Son, simplemente, distintos”.
Marzo 2010
El Diario Montañés, 1 abril 2010